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IN ADOLESCENTES BONAE SPEI
-2007-
El Joven Gaucho Malargüino


Malargüe, tierra en la que los gauchos echan raíces.

“Hijo, en el campo tenés que ser despierto y no andar distraído.” ¡Cuántas veces mi padre me lo dijo y todavía lo sigo escuchando! Soy nacido y criado en el campo; de niño sentía que toda esa inmensidad que no podía alcanzar era mía. Mi patio, perfumado con jarillas, pan casero y flores del monte, me vio crecer en esas lejanías. Mi padre, arriero de mirar lento y tranquilo, como esta soledad, me enseñó a trabajar. Aprendí de a poco, “de gracia en gracia”, como dice el cura. Empecé por cuidar las chivas, las vacas y los otros animales. Aprendí a ensillar, montar, manejar y cuidar los caballos, y eso me ha hecho muy feliz, porque el caballo es un compañero indispensable e irreemplazable para el gaucho.

“Andá a rodear el piño, Sandro”, insistía mi padre. Y en la primavera el niñito traía las chivas todos los días; no se podía olvidar porque de eso dependía que las crías mamaran.

En el tiempo de la parición hay que tener mucho cuidado con las preñadas. Si andan pastando por ahí y paren por cualquier lado, los chivitos se pierden, se los come el zorrino o se mueren de hambre ya que sus mamás no los reconocen. En una majada de quinientas chivas puede haber cien pariciones diarias. Ahí es cuando tenemos que estar atentos porque después hay que ahijarlos, mirar de qué cabra es cada chivato. Yo le ponía un hilito del mismo color en las manos de los que eran hermanos. Hay algunos que tienen mucha memoria y se acuerdan cuál hijo es de cuál mamá; yo suelo llevar un cuaderno para anotar las características de unos y otros y, así, no perder la noción del vínculo de cada animal.

En la mañana, cuando me levantaba, los juntaba y los llevaba en la maleta hasta el corral. Ahí van, apiñados, llorando, hasta la tarde, cuando vuelven sus madres. Las cabras los huelen para distinguir cuál es el suyo y lo reconocen.

A las madres se las deja pastando durante el día con el resto de cabras preñadas, para que se recuperen y puedan tener leche.

En noviembre, al caer la tarde y acercándonos a la casa, nos espera el aroma del horno de barro caldeado con jarilla, en cuyo vientre está dorándose un sabroso chivito, augurando los días que vendrán.

Las flores declinan, los campos comienzan a madurar; los pastos, otrora verdes, pierden su lozanía. Si es un año seco, las aguadas escasean y hay que partir a la sierra o a otro campo que tenga mejores pasturas. Y así nos aprontamos a partir al Real del Mollar, llamado de esta manera por estar lleno de molles. Es un realcito de tosca, rodeado de altos cerros, refugio que utilizamos por la noche para descansar y durante el día para ir a cocinar. Se puede llegar en vehículo. Hemos plantado algunos álamos, tamarindos y otros frutales que no fructifican por el frío. Mi abuela tenía una huertita llena de yuyos: zarzaparrilla para la sangre y los dolores, palo ’e piche para los riñones, el tamascal para
el dolor de estómago, la menta... El campo le regala a uno los remedios que no se pueden ir a buscar a la ciudad.

Cuando nos vamos a la sierra llevamos de todo en una chatita vieja, al otro día... a pechar amigos. Y así se van pasando los días entre las pariciones, el ir y venir tras los animales, los mates y el churrasco a las brasas. Llega la Navidad, todos quieren su chivo y empiezan los viejos a llegar a comprar. Que los quieren asados, crudos, vivos, muertos... Ahora ve el puestero un poco del fruto de su trabajo. Los grandes regatean y pretenden casi que se los regalemos. Entre tires y aflojes los chivos se venden y vamos juntando platita para la harina, el pasto de los animales, una que otra vitualla y para pagar las deudas contraídas con el negociante durante el invierno.

En mayo empezamos a carnear cabras y capones viejos para charquear. El cuero se lleva a las barracas y se vende. A la carne se le saca el hueso y se sala para luego tenderla en un palo. En esta época no hay moscas, pero sí chuchos, que son unos pajaritos a los que les gusta mucho la carne tendida. Con algunas tripas hacemos chorizos, que quedan muy sabrosos si se complementan con grasa de chancho.

Mi abuelo nos cuenta que antes ellos se iban en mula para Chile y llevaban charqui, cueros y lana, y que los chilenos se peleaban. De ahí traían porotos, trigo y otra mercadería que acá necesitaban.

La mujer, mi madre, viene con nosotros. A ella le corresponden las tareas propias de un ama de casa: hacer la comida, lavar la ropa, mantener el real limpio y el fuego encendido, esperarnos con unos mates cuando asomamos al atardecer.

No es fácil la vida en el campo, pero cuando uno puede contemplar la noche brillando sobre los montes y escuchar el agua desnuda bajando por las montañas no puede sino estar orgulloso de vivir en esta tierra y sentir que nadie ni nada lo sacará nunca de este lugar. Mis padres nacieron en Malargüe y se criaron en el campo y son netamente crianceros en este querido suelo mendocino.

- Sandro Daniel Mansilla

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